Noelia Vera nació con la vuelta de la democracia y su recorrido académico es destacable: es licenciada en Nutrición (UBA), especialista en Políticas Públicas para la Promoción de la Igualdad (Clacso) y se graduó recientemente como doctora en Medicina en el Área de Humanidades y Ética por la UBA. Además, es docente de la carrera de Nutrición de la Universidad Nacional de Lanús “Alimentación, medioambiente y salud: Prácticas de producción, distribución, preparación y consumo de productores hortícolas agroalimentarios del cordón periurbano bonaerense”, un libro que recorre su tesis doctoral, publicada en julio de 2022 por Río Cultura Ediciones.

Argentina Investiga dialogó con la especialista acerca de la reciente publicación, la crisis alimentaria que nos atraviesa, y las políticas públicas pendientes. Asimismo, Vera opinó también sobre el plan de estudio de la carrera de Nutrición de la UNLa y sobre el rol profesional necesario en el contexto actual.

–¿Podrías reponer la situación nutricional actual que desarrollás en el libro?

–Tanto a nivel mundial como nacional, nos encontramos con el aumento del exceso de peso de la población. En el mundo hay más de 2.000 millones de personas con exceso de peso y, a la vez, tenemos un número similar de personas a nivel global que padecen hambre. Esto, que es abordado por Raj Patel en sus publicaciones, da cuenta de una crisis alimentaria global, lo que implica también una crisis del sistema alimentario.

–¿Cuáles son los números a nivel nacional de esta problemática?

–La última Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (ENNyS2 2019) nos habla de una prevalencia de exceso de peso del 67%. Eso implica que casi siete de cada diez personas en la Argentina pueden tener sobrepeso u obesidad. También hay una baja talla para la edad en niños/as y eso está fuertemente vinculado a las condiciones de vida. En los quintiles más bajos de ingresos hay una prevalencia mayor de talla baja para las infancias. Esto evidencia una ineficiencia de ciertos nutrientes críticos y necesarios para su desarrollo.

–¿Por qué en el libro proponés un abordaje sistémico de la alimentación?

–Si se agrupan las encuestas nacionales de factores de riesgo que abordan el componente alimentario, se advierte cómo las problemáticas de sobrepeso, obesidad y bajo peso vienen creciendo desde el 2005. No logramos revertir estos datos. El enfoque con el que se aborda desde la salud pública es insuficiente o incorrecto. Es inocente pensar que la epidemia responde a conductas individuales o que las personas son responsables de su situación. Es necesario garantizar un enfoque más amplio que permita enriquecer la problemática alimentaria, porque al mirar el sistema se advierte que hay múltiples crisis: en la producción, en la distribución y en el consumo. Entonces, las políticas que se propongan mejorar la situación tienen que ser globales y contemplar la multiplicidad de factores que condicionan lo que vas a comprar y a llevarte a la boca. No elegimos libremente qué queremos comer.

–¿Qué implica abordar la alimentación desde una perspectiva de derechos?

–Cuesta mucho hablar de la alimentación sana, segura y soberana como derecho en los territorios. Para que esto se garantice hay que resolver, primero, una serie de características y requisitos que tienen que ver con que los alimentos que se ingieren sean nutritivos; que respondan a los hábitos y las costumbres locales; y que no pongan en jaque a otros derechos. Este enfoque sistémico que propongo a lo largo del libro tiene a la Soberanía Alimentaria como perspectiva. La Soberanía Alimentaria como definición viene a dar respuestas e implica que los pueblos y las comunidades tienen derecho a decidir qué producir, cómo producirlo y para quién. Abarca una visión sistémica y no un reduccionismo desde lo biológico. Implica analizar: ¿en manos de quién están los recursos? ¿Quién elige qué produce? ¿Cuál es el destino de los alimentos que producimos? ¿Para quién producimos? ¿Cómo vamos a comercializar los alimentos?

–En el libro analizaste a una población en particular, ¿a qué resultados llegaste?

–Estudié la situación de los productores hortícolas agroecológicos del cordón periurbano bonaerense. Me encontré con una pobreza estructural y coyuntural. Medimos la pobreza a través de dos métodos. La línea de pobreza coyuntural se mide por los niveles de ingresos, y la estructural se mide con el Censo a través de indagar las necesidades básicas insatisfechas (NBI). En la Argentina, la situación de pobreza estructural en los hogares es del 9%, pero cuando analizamos a esta población en particular nos encontramos con que este porcentaje asciende.

El 75% de los productores tiene sus NBI y algún componente o indicador complicado (bajo acceso a una vivienda adecuada, incorrecta eliminación de excretas, sin acceso a aguas seguras, entre otros). Los valores encontrados han puesto de manifiesto que los huerteros/as tienen alta prevalencia de obesidad tanto en adultos como en niños. De un total de 92 adultos/as evaluados/as, el 71,73% presenta exceso de peso. De ese porcentaje, el 69% son mujeres. En el caso de los niños la cifra es del 52,17%. Ambos valores son mayores a los datos nacionales que reflejan 61,6% de exceso de peso en adultos, y 41,1% de exceso de peso en niños de 5 a 17 años. En este último grupo etario se observa también una prevalencia de la baja talla del 28%. Este valor es muy superior a los datos nacionales que indican una prevalencia de talla baja del 3,7%, con diferencias significativas según el nivel de ingresos, que determinan que en el primer quintil de ingresos este valor asciende a 3,8%. En este sentido, existen varios estudios que vinculan la pobreza estructural presente en esta población con niveles muy superiores a los niveles nacionales, con la baja talla para la edad.

–¿Querrías destacar algún dato vinculado al acceso del consumo de esta población?

–Observamos una dificultad enorme para acceder al grupo de las frutas. Lo mismo con las leches, yogures y quesos. Estos aparecieron como grupos anhelados y sin posibilidades de acceso. Esto no sólo podemos explicarlo por las limitaciones de acceso económico, sino también físico, por la lejanía respecto a los lugares de abastecimiento. Eso habla de un sistema alimentario inequitativo, que además golpea a quienes producen nuestro alimento. Es decir, un sector clave para intentar frenar la epidemia de sobrepeso y obesidad.

–El 16 de octubre fue el Día Mundial de la Alimentación: ¿cuáles son las políticas públicas que considerás pendientes?

-Creo en las capacidades de un Estado eficiente. La primera política que hay que aplicar es una reforma tributaria y que los impuestos sean progresivos. Que el que más tiene tribute más, para que pueda distribuirse el ingreso de una manera más equitativa. A partir de eso, tenemos que empezar a mejorar las condiciones de pobreza de toda la población, con medidas a largo plazo y diseñar una política alimentaria sistémica. Esto implica que se sienten a dialogar distintas entidades del Estado, a través de una mesa interministerial, con un trabajo coordinado. Entonces, si el Ministerio de Salud sale a promover el consumo de veinte gramos de legumbres por persona por día, que desde esa mesa se garantice que esas cantidades son posibles, porque en la actualidad sólo tenemos disponibles dos gramos por persona. ¿Por qué hacemos eso? Hay que entender la alimentación como un todo y como un derecho del que parten otros derechos.

–¿Y para los productores/as?

–Una reforma agraria que realmente garantice el acceso a la tierra para el que la trabaja y produce alimentos esenciales según nuestras guías alimentarias. Esto es básico porque sino cada diez años tenemos una crisis o emergencia alimentaria. Tenemos un sistema que no garantiza la alimentación porque sin disponibilidad no hay acceso. En la Argentina se discute la disponibilidad y no ese relato de que producimos alimentos para 400 millones de personas. Eso no fue lo que me encontré en el trabajo de campo.

–¿Qué valoración te merece el plan de estudio de Nutrición (UNLa) en tu rol docente?

–Doy clases hace poco en la asignatura Nutrición Comunitaria. Que se analice el derecho humano a la alimentación, la seguridad alimentaria, las políticas alimentarias, los conceptos de Soberanía Alimentaria y que realmente se desarmen para ver cómo se traducen en prácticas, da cuenta de mucha riqueza en el plan de estudios. La asignatura Promoción Comunitaria también es destacable para fomentar procesos de organización comunitaria en los territorios. El plan refleja una propuesta pionera, porque sus egresados/as pueden salir y tener alternativas al abordaje individual. No porque esté mal la clínica o no la necesitemos, sino porque con la crisis alimentaria que atravesamos necesitamos profesionales sólidamente formados en la nutrición comunitaria. Es un orgullo formar parte de este equipo docente.

–¿Cuál es el rol de las y los nutricionistas en el diseño de políticas públicas?

–Es clave. Muchas veces nos sentimos técnicos, como si la palabra “política” fuera mala. Pero comer es un acto político. Hay que meterse. Tenemos una formación que nos permite diseñar sólidamente y llevar adelante planes, programas y políticas alimentarias con calidad y solvencia. Lo mismo para trabajar con equipos interdisciplinarios.

–¿En quiénes pensabas como destinatarias/os cuando escribías tu trabajo?

–Desde el vamos pensé mi tesis como un documento para la divulgación científica. Quería que llegue al público en general. También lo pensé para las y los estudiantes de Nutrición, como para las y los estudiosos/as del territorio periurbano y demás personas vinculadas con las políticas alimentarias. Pero en realidad, como es el resultado de un proceso largo y que me cambió la vida, está dedicado fundamentalmente a las y los productores. Un homenaje que clama para que tengan acceso a la tierra, a la dignidad, y a otros derechos avasallados.

–¿Qué hacés en el Mercado Central?

–Estoy al frente de la unidad de coordinación de la alimentación sana, segura y soberana, donde promovemos el derecho humano de la alimentación. Por un lado, en el departamento de coordinación de políticas sociales recuperamos los alimentos que no tienen valor comercial y que irían a la basura de no mediar nuestra intervención. Los recuperamos, los acondicionamos en el depósito de acción comunitaria que está habilitado por SENASA y los entregamos a más de quinientos comedores que se acercan a buscar alimentos todos los días. A su vez, acompañamos a los comedores con capacitaciones.

Por otro lado, soy responsable de la alimentación de las y los trabajadores/as del Mercado Central, a partir de la gestión del comedor que recibe a seiscientas personas con una propuesta de alimentos libres de ultraprocesados. Coordino también el centro médico de la corporación con una propuesta de atención primaria de la salud y salud comunitaria. Desde estas funciones, tengo la posibilidad de modificar algo, muy chiquito, pero en eso dejo todo mi esfuerzo.

Fuente: argentinainvestiga.edu.ar