Desmontar la Máquina: un documental sobre la Ley de Salud Mental

Aborda las consignas pendientes a diez años de la sanción de la ley nacional de Salud Mental. Surge como parte de un proyecto de investigación PIO-Conicet radicado en la UNLa sobre “Obstáculos y desafíos en la implementación de la Ley Nacional de Salud Mental”, dirigido por María Marcela Bottinelli y co-dirigido por Mariela Nabergoi.

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Su pre-estreno fue en diciembre de 2021, en el Aula Magna “Bicentenario” (UNLa), y desde entonces no paró de circular: Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Puerto Madryn, Rawson, Esquel, Bariloche, Quilmes, y tiene previstas varias fechas en Córdoba, Santa Fe, Catamarca y La Rioja. Incluso se proyectará fuera del país, con una exhibición y debate virtual con referentes del campo de la salud mental de la ciudad de México, organizado por el Instituto Latinoamericano de la Familia.

Conversamos con el director Francisco Díaz (F.D.) y con Marcela Bottinelli (M.B.), sobre su contenido, los avatares del trabajo transdisciplinar en su desarrollo, y las influencias, las decisiones estéticas y los desafíos desde la perspectiva de lo audiovisual.

–¿Cuáles son los obstáculos y las cuestiones pendientes de la implementación de la Ley de Salud Mental en los que hace foco el documental?

M.B.–El día de la sanción de la ley festejamos. Veníamos de un contexto de trabajo intenso, participativo y de luchas. Desde entonces, no bajamos los brazos para lograr su plena implementación. En este lapso la ley tuvo obstáculos. Desde los intereses corporativos, económicos y sociales hasta los que se entraman en prejuicios y estigmas sociales como los de la locura/peligrosidad, que se asocia a procesos de exclusión de las diferencias. Por eso nos interesan las máquinas. La ley tiene varios desafíos, pero tenemos una ley inteligente. Crea institucionalidades y plasma los principios en acciones concretas. Dice “interseccionalidad” y funda la Comisión Interministerial en Salud Mental. Dice “interdisciplina” y propone que la atención sea a través de equipos interdisciplinarios para la toma de decisiones. Dice “nada se puede hacer sin dinero” y pone un presupuesto de piso. Por eso, entre otras cosas, es considerada internacionalmente una ley de avanzada.

En la época más neoliberal, la ley tuvo embates intermedios que generaron un desafío peor, porque pasamos a no tener Ministerio. Terrible. Se estaba trabajando con las recomendaciones a las universidades, a los medios, a las fuerzas de seguridad, y todo eso en dos minutos dejó de existir. Por suerte las institucionalidades se sostuvieron, por la fuerza de un movimiento que acompaña este proceso y que excedió la coyuntura. Así, varios embates contra la ley fueron frenados. Hoy los desafíos tienen que ver sobre todo con su proceso de implementación. La presentación del Presidente de la Estrategia Federal en Salud Mental en el mes de mayo es una apuesta fuerte, una oportunidad única. Está decidido, hay presupuesto, se va a focalizar la línea y la ley se va a sostener. Ahora está el juego de los actores, de los que transitan en los espacios concretos para ir efectivizando los derechos concretos que la ley establece.

–¿Cómo se compone el coro de actores del documental?

F.D.–Muchos actores surgen de los eventos que pudimos capturar para el documental en 2019. Estos fueron el Tercer Encuentro Latinoamericano de Salud Mental y Derechos Humanos en Rosario y la segunda Conferencia Regional de Salud Mental Comunitaria, que se realizó en Esquel. Aparecen también referentes académicos del campo, que queríamos que estén por la cercanía. Muchos son docentes e invitados/as de los posgrados de Salud Comunitaria de nuestra universidad. También está Iris Valle, referente de usuarios y de trabajadores de Santa Fe y tiene articulación en el Consejo Consultivo Honorario. Esta muestra de voces no es exhaustiva, tuvimos que poner un corte, pero tomamos como criterio lograr un abordaje federal. Así aparece también Marcela Freytes Frey, de Chubut. Por intermedio del material de archivo, incluimos a Graciela Natella y Hugo Cohen, referentes de Río Negro. Podría haber habido referentes de San Luis, que es una provincia con un proceso de reforma importante. Aparecen, además, trabajadores y usuarios. Cuando fuimos a los encuentros, tuvimos que definir dónde poníamos la cámara, la única cámara. Ahí la decisión que primó fue salir de los referentes académicos, a los que íbamos a ir a entrevistar luego, y optamos por cubrir las mesas que garantizaban las voces diversas. Particularmente en Rosario, cubrimos la mesa de usuarias/os, y esa fue la que más material nos aportó para el documental. Pero tuvimos tiempos y recursos limitados, aunque dimos lo mejor.

–¿Qué posiciones vinculadas a la salud mental comunitaria les gustaría destacar del documental?

M.B.–En el pasaje de las categorías más duras de la psiquiatría, algunos son muy críticos. Emiliano Galende dice: “Quien crea que los psiquiatras van a hacer la transformación, están equivocados”. O Lía Ricón, quien dice: “Hacemos todo el trabajo de diagnóstico para qué, ¿para hacer un bollito y tirarlo a la basura?”. Esto, dicho por psiquiatras reconocidos, es un punto muy fuerte del documental. Pero también, cuando te encontrás con una persona que estuvo internada y que te dice “Ustedes (los profesionales) pueden tener mucho conocimiento, pero necesitan ver a los usuarios. Necesitan abrazar, mirarlos a los ojos. Generar un vínculo empático fundante que hace que el otro sea igual, con sentimientos, gustos propios. Alguien que está padeciendo un sufrimiento”. Desafíos hay miles, pero también hay muchas voluntades. Y cada vez que proyectamos el documental, nos dicen, “eso es lo que hacemos en los barrios o en nuestros dispositivos”. En ese sentido, el documental tiene otra virtud, que tiene que ver con que no hay salud mental, sino salud mental comunitaria. No hay forma de tener salud si no es en el lazo con otros. Eso es lo que garantiza la salud.

–¿A quiénes busca interpelar el documental?

F.D.:–A personas que se están formando en el ámbito de la salud y profesiones vinculadas con la ley. También a estudiantes y profesionales de Derecho. Esta es una profesión que necesita esta formación, porque tiene incumbencia.

–¿Qué experiencias cooperativas eligieron documentar?

F.D.–Aparecen Hilando Caminos (Trelew), Quenuir (Esquel), El Caldero (Trevelin) y Maquinando (Bariloche). Son todas organizaciones validadas por su trayectoria local y territorial. Experiencias comunitarias que son pensadas como modelos de reinserción social a partir del trabajo. Forman parte de la Red de Cooperativas Sociales que es federal, pero en el documental sólo quedaron algunas del sur y que participan como dispositivos específicamente de salud.

–¿Con qué tradiciones dialoga el documental a la hora de su exhibición y posterior debate?

F.D.–Nuestro documental está más allá de los géneros documentales que promueve Netflix. Nuestro antecedente es un cine comprometido socialmente con lo que sucede en la Argentina, y con el campo de la salud desde un abordaje integral. Nos alimentan Cine Liberación y Cine de Base. Para mí «La hora de los hornos» es una obra referente.

–¿Qué experiencias trajeron esas exhibiciones y debates?

F.D.–La recepción hasta aquí es muy buena y positiva. Es cierto que nos estamos moviendo en ámbitos cuidados y afines a la necesidad de promover este cambio de paradigma. Ámbitos donde sabemos que este material es necesario y donde pensamos que el material viene a cubrir necesidades. Tenemos pendiente una exhibición en Tucumán, promovida por el Ministerio de Justicia de la Provincia, para presentarlo con abogados y personas que se desenvuelven dentro del ámbito de la Justicia. Nos interesa ver qué pasa en ese tipo de lugares. Lo más destacable hasta ahora fue encontrarnos con los testimonios de usuarios y familiares en cada una de las proyecciones. Estos sectores son los que están más sensibilizados. Ni qué hablar de los usuarios que aparecen en el documental. Fue muy interesante ver qué les pasaba al verse en la película y les gustó. Vivir eso fue increíble. El documental viene abonando mucho el debate.

–¿Cómo se materializó el trabajo transdisciplinar en el documental?

F.D.–Si bien hay roles y funciones específicas, el proceso general del documental está atravesado por todos los integrantes del proyecto. Como dice Marcela Freytes en el documental, “entendemos la necesidad de respetar las incumbencias profesionales pero tenemos que ser flexibles. No hay un catálogo rígido de cosas que yo hago y los otros no”. Así, Cecilia Garzón, que es psicóloga, ha manejado la cámara. Hemos asumido distintos roles porque la situación lo requería. El trabajo transdisciplinar requiere de un ejercicio de amplitud mental y afectiva.

–¿Qué reflexión arroja este documental vinculado a lo audiovisual en materia de investigación?

F.D.–Primero, la necesidad de que tomemos conciencia de la responsabilidad que conlleva producir sentido; en este caso, con lo audiovisual. La otra, entender que eso que producimos, a su vez produce sentidos que circulan. En la investigación, a lo audiovisual lo podemos abordarlo de maneras diferentes. El esquema de Juan Samaja nos da muchas pistas. Como objeto podemos pensar lo audiovisual como aquello que se analiza, y hay un mundo de investigaciones en función de eso como lo hacen los estudios culturales o de género. Trabajan, a modo de ejemplo, sobre la producción cinematográfica del periodo de la Dictadura para analizar la censura.

A su vez, lo audiovisual interviene como medio a la hora del registro de las entrevistas, de las observaciones, y se usa para tener una buena anotación. Como método, da cuenta de la posibilidad de pensar la relación entre el proyecto de investigación y el documental. Acá vemos que hubo una relación dialéctica. El documental también produjo sentido para la investigación. Por eso podemos afirmar que están interviniendo herramientas de la producción audiovisual, pero que a su vez están produciendo sentido: en este caso, conocimiento. Por último, podemos pensar lo audiovisual como parte de la divulgación, y puede aportar al debate, a la formación, y para sensibilizar.

–¿Cuáles fueron los desafíos estéticos del documental?

F.D.–Primero, lograr un estándar básico de sonido. Alcanzamos un material equilibrado. En esto tuvieron mucho que ver Marcela Turjanski (sonidista) y Mariano Pirato (compositor musical), quienes se pusieron el documental al hombro. Acá lo que primó como decisión fue hacer una producción alegre. Las referencias de los documentales que íbamos relevando sobre salud mental, manicomio y el encierro, eran por lo general pesados, lúgubres. Quisimos darle una perspectiva más colorida. Podríamos haber optado por aplanar los colores y que todo se vea más sobrio, pero optamos por resaltarlos. El trabajo con la música fue de incluir referencias de artistas y música conocida. Recomponer ese material en función del documental.

–En el Borda los conocemos por Colifatos, ¿cómo se rompen los estereotipos con la cámara?

F.D.–En uno de los debates que acompañó la exhibición del documental nos hicieron una pregunta sorprendente. Por qué tomamos con la cámara a las referentes académicas en un plano medio, y a usuaries y participantes de los dispositivos de salud mucho más cerca, con un ángulo más cerrado. No hubo una decisión, sino la necesidad real que demandó el contexto y que tuvo que ver con cómo fueron grabadas esas tomas. Las académicas y con referentes fueron entrevistas pautadas, planificadas. Pudimos tomar decisiones de encuadre, chequear la luz y el sonido. Con les usuaries no pudo ser así. Los enganchamos en el medio de su trabajo, en un estand o en una feria vendiendo sus producciones. La decisión de dónde poner la cámara hubo que resolverla sobre la marcha. Y el criterio fue acercar el plano para tomar bien el sonido, generar un contacto visual para que el entrevistado sintiera el diálogo. Aquí primó el vínculo en la comunicación. Este es un tema interesante que tenemos que seguir pensando, explorando.

–¿Están por el circuito de festivales?

F.D.–Estamos llegando a la conclusión de que, salvo el Festival Interbarrial Audiovisual (FIBAV) de la UNLa, el circuito de este documental no es el de festivales. Cerrado esto y luego de acompañar las primeras exhibiciones, en breve vamos a liberar el material.

En el cierre de la entrevista, Marcela Bottinelli reflexionó acerca de la salud mental y los cuidados. “El término ‘salud mental’ ha sido muy criticado porque muchas veces queda reducido a los padecimientos o a las patologías. Estamos haciendo una transición que implica pensar los procesos de salud-enfermedad-atención-cuidados. Pensamos los cuidados como una categoría transicional, que es lo que permite pensar desde las comunidades, o desde lo más básico del vínculo humano a las posibilidades de mayor dignificación humana, de participación, de ciudadanía, de plenitud de los derechos. En esa construcción, la categoría de cuidados es tan aplicable a lo que hace una mamá con su bebé, o un papá con su hije, o una maestra en la escuela, o el Estado con su pueblo. Y eso la pandemia lo dejó muy claro. Los Estados pueden ser cuidadores o magníficos des-cuidadores, y eso hace a la salud de las personas” precisó la especialista.

*Marcela Bottinelli es coordinadora de un proyecto I+D+i dentro del eje Salud y nuevas formas de protección social en el programa de Investigación sobre la Sociedad Argentina Contemporánea (Pisac), y asesora del Ministerio de Salud de la Nación.

*Francisco Díaz es docente investigador de la UNLa y realizador documental.

*El trailer de Desmontar la Máquina puede verse en https://youtu.be/geMsBqkC9Co

*Entrevista fue publicada originalmente en la Revista Viento Sur (UNLa)

Fuente: Valeria Pujol Buch – Comunicación – Universidad Nacional de Lanús