“Fui a la doctora y me dio un remedio para que me quede tranquilito”

Medicalización y patologización de las infancias. Cuando cualquier episodio o comportamiento es tratado como enfermedad o como síntoma de un probable diagnóstico, se obtura la posibilidad de abrir otra mirada acerca de la infancia. Por Silvina Castelli*

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Silvina Castelli, magíster en Clínica Psicoanalítica con Niños.

Junto a mamá y papá, Rodrigo (no es su nombre real) llega al consultorio “porque nos mandan” (“nos manda” la neuróloga, la maestra, la psicopedagoga, la fonoaudióloga). La familia cumple la orden de “llévenlo a la psicóloga” como un paso más para que alguien diga “qué hacer con este pibe”. “Quiero que mejore” –dice la madre- “si no con un chico así  ¿cómo haces?”. 

Antes hubo otras consultas porque desde el jardín de infantes (hoy tiene 9 años) venían señalando que se movía, pegaba y era inquieto. “Ahora la escuela lo derivó la neuróloga porque charla mucho y es muy inquieto, y la neuróloga me mandó a que le hagan evaluación psicológica”. Así, sin escalas, de la escuela a la neuróloga.

Son cada vez más comunes este tipo de derivaciones que, muchas veces, se hacen para confirmar un diagnóstico que había empezado a circular en el espacio educativo. Si bien la fonoaudióloga y psicopedagoga habían hecho la sugerencia de hacer una consulta psicológica, los padres no la hicieron hasta que vino como prescripción médica.

La neuróloga, no obstante su pedido de evaluación y tratamiento psicológico, había dado un diagnóstico: trastorno por déficit de atención con hiperactividad;  y un psicofármaco: metilfenidato. Los padres -aunque no muy conformes con la medicación- comenzaron a suministrársela “para que esté más tranquilo”.

Según la mamá, “desde chiquito siempre fue inquieto, se movía mucho y se caía siempre de la cama, porque hasta dormido se mueve”. Relata la historia de Rodrigo y su discurso está teñido de malestar, desinterés, cansancio; hay cierto matiz despectivo y nada de lo amoroso parece estar entrelazado en su  decir acerca del niño. Su otra hija, diez años mayor que Rodrigo, “es todo lo contrario, muy tranquila, con ella no tengo problemas; él la pelea, es malísimo con ella.”

 

En lo que la madre dice, se cuela permanentemente el malestar existente entre ella y su marido, papá de Rodrigo. Desacuerdos en la crianza, desinterés del padre acerca de lo que ocurre en el día a día de los hijos, “porque me encargo yo de todo, y él nunca sabe, nunca está”. Nada de esto había tenido lugar para ser puesto en palabras (y escuchado) en el recorrido previo de consultas y evaluaciones; ¿lo que le estaba sucediendo al niño no tenía relación con este entramado discursivo y vincular? ¿No era primordial escuchar y alojar el malestar de estos padres para ir pesquisando a qué lugar había llegado este hijo? ¿La presentación sintomática de un niño puede abordarse sin considerar la constelación familiar?

“Un remedio para que me quede tranquilito”

el interés por saber cómo se puede domesticar a los pibes desobedientes, cómo hacer para que los desatentos presten atención”, reemplazó al interés por saber por qué los chicos no responden a las exigencias que parten de los adultos, cuáles son las causas de esa desatención[1]

Cuando llega al consultorio de la psicóloga Rodrigo dice “voy a la fonoaudióloga porque hablo mal y a la psicopedagoga para que me ayude a aprender, para que no hable tanto y no me pare en la escuela”. Supone que empieza el espacio con la psicóloga también ligado a todo lo que él hace mal.  Luego de escucharlo despejo el panorama, le cuento de qué se trata el espacio y voy abriendo un lugar para alojar aquello que le está pasando -a él como niño y a sus padres-.

En el espacio, Rodrigo propone varios juegos, dibuja, construye, habla. Se apropia del espacio y de los objetos, me convoca para ir construyendo juntos algunas escenas. Me encuentro a un niño que puede detenerse, mirar, hablar, jugar. Desplegando así varias cuestiones relacionadas con lo que le pasa: su lugar en la escuela respecto de las docentes, sus vínculos con pares, el lugar que ocupa para su mamá, la mirada que sobre él tiene su papá, el vínculo con la hermana.  Cosas que lo angustian, otras que lo enojan, otras que le generan dudas y miedos. Rodrigo pone en palabras y también transmite a través del lenguaje corporal, gestual y lúdico.

Rodrigo dice “Fui a la doctora y me dio un remedio para que me quede tranquilito y no me pare en clase. Dura cuatro horas”. Había podido captar y reproducir las palabras de la médica, acatando al pie de la letra.

“Las alucinaciones auditivas suelen aparecer con la medicación que le di”

En las primeras semanas, todo transcurría sin sobresaltos. En la escuela parecía estar más tranquilo (y la docente también, al saber que “ya estaba medicado”). Mientras que en el consultorio se lo veía más ojeroso, cansado algunos días, pero en seguíamos pudiendo trabajar. Un día recibo el llamado de la psicopedagoga quien acababa de ver a Rodrigo en sesión y se había quedado muy preocupada. Él le dijo, muy angustiado, que había unas voces que le hablaban y le decían cosas feas, le daba mucho miedo. Las voces aparecían en cualquier momento y lugar.

Hablo con la neuróloga y ella dice: “Ah, sí. Aunque no es muy común, las alucinaciones auditivas suelen aparecer con la medicación que le di, son parte de los efectos adversos. Le voy a decir a los papás que la suspendan y después lo veremos.”

La medicalización y patologización de las infancias. “Lo que se denomina proceso de medicalización hace que cualquier episodio o comportamiento de la vida cotidiana sean explicados y tratados como enfermedades o síntomas de tal o cual diagnóstico” [2]

¿Qué sucede cuando nos encontramos con miradas que cierran, fijadas a un estilo de causa-efecto, a una lógica matemática, donde no hay lugar para singularidades, para preguntas, para aperturas que nos habiliten a repensar ciertos saberes establecidos, para escuchar el sufrimiento?

Otra mirada acerca de la infancia. Marisa Rodulfo señala que “Cuando un niño molesta en la escuela inmediatamente es clasificado y rotulado (…) deberá ser separado (separado, vigilado y castigado, como dice Foucault) de acuerdo a distintas medidas profilácticas. La primera de ellas es la consulta inminente y sin mediación alguna, generalmente por pedido de la escuela, con el psiquiatra o con el neurólogo, quien habitualmente prescribe una medicación. Cabe aclarar que habitualmente se dan medicaciones no probadas en niños y en algunos casos sí probadas pero con efectos muy nocivos. (…) No hay nada “mejor” que dar Ritalina a un niño para que este permanezca quieto. Es decir que se lo normaliza, porque un niño no es “quieto” por naturaleza, sino que es, por su ser niño, movedizo”.[3]

Nos encontramos con una oferta de objetos y actividades para niños y niñas que los mantiene en un estado de excitación constante. Nuevas propuestas, nuevas modas y modos en la construcción de la infancia. Niños y niñas con jornadas repletas de actividades, sin tiempo libre para descansar, para aburrirse, para encontrarse con sus pares a jugar. Más allá de cada historia singular, debemos atender al entramado social y cultural propio de la época, que excede lo individual y lo atraviesa de múltiples formas.

Tenemos entonces un niño que es llevado a numerosas actividades terapéuticas, sin tiempo de ocio, sin espacio para el descanso; un niño que va a una escuela que le exige quedarse sentado durante la hora de clase, atendiendo, escribiendo, respondiendo lo que se le pregunte, acomodándose a los tiempos de la docente y de los compañeros; también un niño que encuentra  poco lugar para hacer oír su sufrimiento. Con este panorama, no es extraño que aparezcan conductas disruptivas (respecto de lo que se espera de un niño en el aula) dentro del espacio escolar y que gran parte de las demandas de consulta/tratamiento, en la clínica con niños y niñas, lleguen a partir de la derivación hecha desde la escuela. No es casual que sea en la escuela donde se vean estas manifestaciones, catalogadas como indicadores de patologías.

Si a esto le sumamos la información que circula acerca de las patologías en la infancia, conjuntamente con una lista de “tips” para saber si un niño o niña “es” hiperactivo, autista, disléxico, etc., nos encontramos con diagnósticos que circulan como certezas, con indicaciones “terapéuticas” que se transmiten como reglas a cumplir en todos por igual, y con niños y niñas que quedan perdidos entre tanto despliegue.

Tal vez nuestro aporte, como analistas trabajando con niños y niñas, sea abrir otra mirada posible acerca de la infancia. Ponernos a cuestionar algunos estándares dados a nivel social/cultural, y reforzados por la lógica del consumo. Acercarnos a los y las docentes para pensar juntos sobre la situación que se presenta para las infancias en general y para cada niño o niña en particular, a la luz del contexto socio-histórico-cultural contemporáneo.

 *Psicóloga y Magíster en Clínica Psicoanalítica con Niños. UNR

 

 

[1] Volnovich, J.C. (2007) “Atentos, obedientes, resilientes: las trampas de la adaptación”. Revista Imago

Agenda Nº108. Editorial Letra Viva. Buenos Aires, Argentina. 2007.

[2] Angelino, M.A. (2014). “Mujeres intensamente habitadas. Ética del cuidado y discapacidad”. Editorial Fundación la Hendija. Entre Ríos, Argentina. 2014. p.201.

[3] Punta Rodulfo, M. “Medicalización de la diferencia, el manejo del poder”. Nota publicada en el diario Página 12. 07/04/2016. https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-296407-2016-04-07.html