¿De qué manera afecta emocionalmente a los niños el aislamiento social, el cambio de hábitos y la escolaridad virtual? ¿Cómo procesa el entorno familiar la amenaza externa y de qué forma les llega a ellos esa misma carga: filtrada o amplificada en función de los lógicos temores? Los interrogantes cobran mayor dimensión si se tiene en cuenta que son el grupo social más vulnerable desde el punto de vista psíquico dado que se encuentran en una etapa de pleno desarrollo.

El titular de la cátedra Psiquiatría Infantil de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNR José García Riera afirma que esta experiencia inédita que trajo la pandemia precariza la estructura psíquica en un sujeto. A diferencia de otras crisis anteriores en las que la situación amenazante vivida como agresora era identificable, en este momento es un microorganismo invisible e impredecible ya que no todos los individuos en la población presentan una misma reacción frente a él. Y ante esta situación disruptiva, la política y la sociedad intentan encontrar respuestas dentro de sus saberes, previsiones e ideales, pero sin ninguna certeza.

En este contexto, “los niños son altamente vulnerables, no solo desde lo biológico sino en su psiquis que está en proceso de organización, tanto en lo cognitivo intelectual como en lo afectivo y en el desempeño social”, explica el psiquiatra a Argentina Investiga. Mientras los adultos están en una franja evolutivamente estable en cuanto a la organización biopsicosocial, el niño atraviesa el proceso dinámico de su desarrollo que resulta afectado acorde al momento que se encuentre transitando. No es lo mismo en la primera infancia que en la segunda o en la adolescencia.

A su vez, “los niños están inmersos en una familia sometida a un severo estrés psicosocial dado que está afrontando algo para lo que no estaba preparada como lo es la reclusión”, explica el docente. De hecho, una de las sanciones que aplica la cultura a los sujetos que transgreden las normas sociales es la privación de la libertad. Además, no resulta fácil la convivencia de 24 horas dentro de la vivienda ni sostener las reglas del sistema familiar. “Se requiere flexibilidad, capacidad de negociación y reservas psíquicas para procesar esta situación vivida como amenaza que irrumpe desde el mundo externo, algo ajeno a lo que la familia conoce y refiere de sí misma”. A esto se suma la problemática económica que, según el segmento social, puede llegar a los límites de la subsistencia.

Todos estos factores, de acuerdo al especialista, generan un alto nivel de estrés en el ambiente donde los niños desarrollan su actividad: “Dependerá del modo en que el sistema familiar procese la información que ingresa desde el afuera en forma abrupta, de manera que resultan comprometidos todos sus niveles de relación e intercambio sin excepción, en los temas de conversación y en lo actitudinal ya que se desalienta el contacto físico con abuelos o padres si están separados, ni se habilita continuar realizando las actividades cotidianas tal como se hacían, hay que extremar las normas de higiene, usar barbijos, es decir, la realidad aún en lo mínimo termina comprometida”.

García Riera asegura que los niños van a procesar esta situación según el momento evolutivo que estén atravesando y de acuerdo a cómo se administre esta carga desorganizativa que ingresa masivamente al sistema familiar.

Escolaridad y juegos

La cuarentena comenzó a los pocos días del inicio escolar por lo que los niños que estaban haciendo la adaptación de jardín y preescolar, interrumpieron el proceso de socialización que es la primera instancia de entrada al mundo. “Como no tuvieron oportunidad de hacerlo, la situación se volvió endogámica, el contacto con el exterior está bloqueado y circula en base a patrones de la interacción dentro de la familia y aquello que atraviese con mayor o menor filtro a la estructura”, afirma. Y agrega que los niños ya escolarizados vieron afectada la relación con sus compañeros con los que ya habían establecido vínculos, al igual que los adolescentes cuyo grupo de pares constituye un referente fundamental para el proceso de organización de su identidad.

A esto se suman las instancias educativas inicial, primaria, secundaria y universitaria en las que el modo de adquirir el conocimiento cambió totalmente respecto de lo conocido. Ahora, “tanto alumnos como docentes deben ocuparse de lo informático que hay que saber para enseñar y aprender en el sistema virtual, sin dejar de lado que la falta de recursos en los sectores carenciados desnuda aún más la desigualdad imperante”.

Dado que el docente no puede estar presente, hay una mayor necesidad de supervisión familiar que los padres viven como apabullante. A la dificultad que implica el modo de acceder a los contenidos, se suma su procesamiento y las tareas. “Esta sobrecarga puede generar una respuesta opuesta a la esperada, como el rechazo explícito o el pasivo: la evitación, la postergación”, detalla el doctor García Riera.

Otras modificaciones surgieron en las posibilidades de juego. Según analiza el especialista, si bien ya había una intrusión de la tecnología en la vida cotidiana de niños y adolescentes, ahora quedó más acentuada porque el juego físico, de destreza, los deportes y todas las actividades grupales con los pares quedaron interrumpidos.

Estrés y resiliencia

El docente de la UNR considera que toda la sociedad está expuesta a estrés, entendido como una respuesta adaptativa y que cada quien lo procesará de acuerdo a su historia de vida, sus fantasías, temores y terrores. “El mundo como lo conocíamos y nuestra percepción de quienes éramos, resulta modificada a pesar nuestro. Cada uno tendrá más o menos recursos para hacer un procesamiento lo menos nocivo posible”.

En el caso de los niños, dependerá de los recursos con los que cuente, esperables para su edad, de la administración de las tensiones y de cómo las tramite la familia: “El niño puede estar en un ambiente en el que se siente protegido o desamparado y en eso surgirán diferencias”, sostiene y agrega: “Cuanto menos recursos y contención social y familiar haya, habrá más percepción de desamparo y mayor facilidad para el desarrollo del estrés”. Y aclara que hay sujetos y sistemas familiares que son más vulnerables o que desarrollan ansiedad ante un evento disruptivo que representa una carga excesiva.

En cuanto a las formas de afrontamiento, el profesional divide a la población infantil en dos grupos. Por un lado, los niños y los adolescentes con sintomatología que puede consistir en cambios de conducta, estar más retraídos, menos tolerantes a la frustración, más apáticos, irritables, puede aparecer angustia explícita o subyacente, temores que no necesariamente son expresados pero tienen que ver con la integridad física y psíquica.

Por otro lado, un grupo que no presenta síntomas en este momento pero sí puede hacerlo en los meses siguientes cuando la situación se subyugue, como si postergaran la expresión de sus tensiones en función de la organización de las actuales. Pueden evidenciarse cambios en el humor, en la alimentación, en la regulación del control esfinteriano, alteración en el sueño, tanto en los horarios como en la calidad.

El psiquiatra explica que tanto un sujeto como un sistema que sufre estrés agudo tienen la posibilidad de ser resilientes, es decir la capacidad de empezar de nuevo, de reconstruirse, pero aclara que no se puede salir fortalecido todo el tiempo. “En nuestro país tenemos una especie de cronicidad endémica en sobresaltos, vamos de crisis en crisis. En este sentido habrá que ver si es posible ser resiliente o con qué recursos responde tanto un sujeto como una sociedad que padecen estrés crónico”.

Fuente: Argentina Investiga