Por Dr. Oreste Luis Carlino (*)

Desde hace unos 40.000 años, cuando el Homo Sapiens Sapiens ya se había expandido por todo el planeta, y hasta hace sólo 200 años, la esperanza de vida humana era menor a los 35 años. Hoy en día, al menos en los países desarrollados, esa media supera los 75 años. Tanto el ritmo de envejecimiento del Homo Sapiens así como su potencial genético para llegar a vivir 70, 80, 90 años, o más, ha sido seguramente siempre el mismo.

Con la mejora de las condiciones de vida que aportó la revolución industrial los humanos del mundo -que luego llamamos desarrollado- pudieron aspirar a una esperanza de vivir más. Pero el verdadero salto se produjo en el siglo 20, que permitió frenar drásticamente la transmisión y muerte por enfermedades infecciosas. Aun así hasta hace 5 o 6 décadas, mucha gente simplemente no llegaba a la edad para desarrollar cáncer o sufrir infartos, y algunos de los que habían muerto de cáncer no se  conocía la causa; los familiares simplemente decían que había muerto “de viejo”.

Ya en pleno siglo 21 aún no se ha alcanzado el objetivo de que todos los países logren superar las enfermedades transmisibles y se ha agregado a esta carga de enfermedad  el peso de las Enfermedades No Transmisibles (ENT), que a su vez algunas adquirieron el carácter de crónicas y, por su puesto, el cáncer.

Muchos de los factores de riesgo para enfermedades del corazón, diabetes, cáncer  y otras, se deben a los hábitos y estilo de vida, como la inactividad física, dietas occidentales y fumar como causas principales.

Los avances en la prevención, diagnóstico y tratamiento del cáncer, aún en los logros alcanzados por los tratamientos paliativos son a diario  motivo de buenas noticias.

No obstante y a pesar del auspicioso aporte de los estudios genómicos, y los beneficios que comienzan a percibirse con las terapias dirigidas o las inmunoterapias, el problema que cada día es mayor a nivel global y en los países, es la desigualdad e inequidad, al que se suma el problema creciente de sostenibilidad causado por el precio de los estudios,   los tratamientos oncológicos y la tecnología sanitaria en general.

HealthDay News publicó un documento de su reportero  Dennis Thompson, “EEUU paga los precios más altos por los medicamentos para el cáncer, según un estudio”, realizado por Daniel Goldstein, M.D., senior medical oncologist y otros, presentado en la  American Society of Clinical Oncology annual meeting, en Chicago el 6 de junio de 2016 – En este estudio se compararon los precios de unos 23 medicamentos para el cáncer en siete países: Australia, China, Inglaterra, India, Israel, Sudáfrica y Estados Unidos. El Fondo Monetario Internacional proporcionó el PIB pc PPA de cada país, que es una medida de la riqueza nacional que incluye el costo de vida de los ciudadanos. El análisis incluyó 15 fármacos para el cáncer, genéricos y de marca, usados para tratar una amplia variedad de tipos distintos de cáncer.

Bajo ese filtro estadístico, el precio promedio mensual de los medicamentos de marca equivalían al 192 por ciento del PIB pc PPA de Estados Unidos; en India equivalían al 313 por ciento del PIB pc PPA, China 288 por ciento del PIB pc PPA, lo que significa que a las personas de  estos países les costaba mucho más pagar los precios de los medicamentos. En algunos países desarrollados como Inglaterra equivalían al 78 por ciento del PIB pc PPA del país, y al 71 por ciento del PIB pc PPA en Australia. En estos países el gobierno ha interactuado con los productores de medicamentos para regular los precios, lo que resulta en que sus ciudadanos reciben un mejor valor.

«En Estados Unidos, el sistema carece de toda evaluación del valor», la FDA aprueba un fármaco basándose en la seguridad y la eficacia, pero no se considera el costo ni el valor (precio)» dijo Goldstein.

Países como Inglaterra y Australia han podido controlar mejor los precios de los medicamentos sin afectar de forma significativa el tratamiento del cáncer, señaló Sharon Giordano, M.D., MPH, breast medical oncologist, and chair of health services and health disparities research, University of Texas MD Anderson Cancer Center, Houston.

Si bien esto se trató de una comunicación en una reunión médica hace 15 meses, la evolución de la problemática indica que la situación tal vez siga agravándose. La salud y su  precio tienen un gran interés económico, político y de gestión, pero si no se controla es el camino más corto hacia la pérdida de la sostenibilidad de los sistemas de salud.

En Argentina hay más de 86.000 casos nuevos de cáncer y fallecen aproximadamente 62.000 personas cada año. A pesar que se dedican no pocos esfuerzos y recursos a la atención del cáncer, como la creación del Instituto Nacional del Cáncer (INC), con su asistencia presupuestaria y las más recientes iniciativas de creación de una Agencia de Evaluación de Tecnologías Sanitarias, el resultado aún no es el esperado, debido no solo al precio y la asequibilidad de los medicamentos y otras tecnologías que en sí mismo son un factor muy importante, si no que las distintas problemáticas que generan inequidad, y oportunidades perdidas, hacen que el gasto sea muy ineficiente en vidas y en dinero.

Las barreras de acceso a la atención, especialmente en el sector público, las demoras en turnos de atención médica, procedimientos diagnóstico, provisión de insumos y medicamentos, impactan sobre todo en la oportunidad de la prevención, el diagnóstico, y en la eficacia de los tratamientos, agravando los resultados.

En este sentido los aportes de los software más sofisticados que permiten análisis del ADN, integrar gran cantidad de información de  bases de datos como HANA o Watson y aún Big Data, etc, ayudan en gran medida, especialmente a analizar y orientar las estrategias terapéuticas pero sus soluciones no llegan a todos los pacientes, aún no han hecho contacto humano.

De alguna manera cuanto más se progresa en la alta tecnología, más se alejan del paciente con cáncer las propuestas de mejora, y es el paciente quien tiene el derecho finalmente.

Algunos de los programas que han logrado reducir la prevalencia y niveles de Factores de Riesgo en el mundo merecen ser mencionados como los proyectos de Karelia del Norte (Finlandia), el proyecto comunitario de Stanford y los «5 city Project» (Estados Unidos), los proyectos CINDI en Europa y CARMEN en América Latina, entre otros. La experiencia acumulada en Finlandia y otros lugares confirman que las intervenciones poblacionales son eficaces, y que pueden producirse modificaciones apreciables de los indicadores sanitarios.

En este momento es necesario entonces ubicar la relación médico paciente, en la cual existe una corresponsabilidad con el médico que le asiste.  En el momento de la consulta médica, a la que asiste el paciente en busca de preservar su salud que es un bien público y un derecho universal, que implica tanto el derecho de las personas y las poblaciones, como así también su obligación para cumplir deberes como el auto cuidado y los hábitos de vida saludables. Por su parte la corresponsabilidad clínica del médico significa que en sus decisiones tenga en cuenta el uso más adecuado de los recursos tecnológicos, humanos, materiales y organizativos, en función del mejor efecto y el menos riesgoso sobre la salud de las personas que atiende.

El contacto humano es indispensable para ofrecer la mejor atención a los pacientes con cáncer, pues estos enfrentan desconocimiento de los procedimientos, incertidumbre, miedo y altos niveles de angustia en situaciones difíciles. Es necesario avanzar más con prevención a nivel poblacional y acompañamientos de pacientes y actividades de apoyo como por ejemplo la de las navegadoras del INC. Esto mejora la confianza, la oportunidad en las consultas, en los diagnósticos y tratamientos y en la respuesta de los pacientes que están recibiendo quimioterapia. Pero también hay que llegar a ellos en la prevención, también el derecho les asiste en el momento de evitar la enfermedad y este es un pilar fundamental en la lucha contra el cáncer.

Considero que ha llegado el momento que al mismo tiempo de aceptar los avances de las nuevas tecnologías, se cambie la forma de actuar y enfocar el problema procurando sentar a los actores involucrados en una misma mesa de trabajo: El estado deben ejercer su fundamental poder de rectoría, porque además su ausencia no ayuda en nada ni a nadie; los pacientes deben ser receptores de la atención y aceptar su corresponsabilidad; los médicos al tiempo de aportar sus conocimientos científicos deben privilegiar el vínculo con el paciente y aceptar su corresponsabilidad clínica, así como las instituciones de salud públicas y privadas asegurando el acceso a la atención de calidad; y finalmente los productores de tecnología sanitaria deben sentarse también a la mesa de trabajo donde además de aportar la innovación, la investigación y el desarrollo, deben ser corresponsables en la sostenibilidad del sistema de salud.

(*) Médico sanitarista, epidemiólogo y neumonológo. Especialista en Organización y Administración Hospitalaria. Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social en ISALUD. Representante de Argentina en OMS. Asesor temporario en OPS. Docente universitario. Miembro del Centro de Estudios sobre Diplomacia en la Salud Global (CEDISAG) de ISALUD