Los miomas uterinos, conocidos popularmente como «fibromas», son los tumores benignos más comunes de todo el aparato genital femenino. En la población general se encuentran en 1 de cada 4 mujeres en edad reproductiva, mientras que 1 de cada 2 de más de 40 años y 4 de cada 10 de entre 30 y 40, presentan miomas uterinos, que suelen aparecer con o sin síntomas y en diferentes dimensiones y ubicaciones dentro del útero.

Extrapolando estos valores de prevalencia sobre nuestra población, tenemos que más de 2 millones de argentinas padecen esta condición, siendo el tumor más frecuente en mujeres en edad reproductiva. Cerca de la mitad de las pacientes no presenta síntomas y, en estos casos, se llega al diagnóstico en forma casi casual, como por ejemplo al realizarse una ecografía de rutina.

Sin embargo, en los casos en los que sí producen síntomas, los miomas pueden generar dolor pélvico, menstrual y durante las relaciones sexuales, también sangrados excesivos (con la menstruación o fuera de ella), anemia, necesidad frecuente de orinar, náuseas, vómitos y fiebre. Asimismo, suelen provocar consecuencias negativas sobre la fertilidad.

Estos síntomas afectan en forma considerable la calidad de vida: los dolores pueden ser discapacitantes y restringir la realización de actividades cotidianas, tanto sociales como laborales, mientras que la anemia puede cronificarse y causar cansancio, debilitamiento y compromiso general de la salud. Por esta razón, en este tipo de pacientes sintomáticos, el tratamiento se orienta, en primera instancia, al control de los mismos.

En opinión del Dr. Silvio Tatti, médico ginecólogo y Profesor Titular de Ginecología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, “el mioma uterino es un tumor benigno hormono-dependiente de causa desconocida, aunque se sabe que tiene un importante componente hereditario. Existen medicamentos como los anticonceptivos hormonales, que pueden contribuir a la mejoría del sangrado abundante durante la menstruación, aunque no siempre, y otras drogas como los análogos de LHRH que disminuyen el tamaño de los miomas, pero tienen efectos secundarios semejantes a los que provoca la menopausia, como sofocos de calor y osteoporosis.

“Según cada caso en particular, en donde influye la sintomatología, la edad de la paciente y si en el futuro querrá embarazarse o no, entre otras consideraciones, la otra línea de tratamiento le corresponde a la cirugía en sus diferentes modalidades, como a cielo abierto, laparoscópica o histeroscópica, mientras que la elección del procedimiento, que consistirá en la extirpación del mioma (miomectomía) o del útero (histerectomía), dependerá de la localización, tipo y tamaño del mioma”, agregó la Dra. Mónica Ñañez, Doctora en Medicina, Especialista en Ginecología y Obstetricia y Profesora de la Cátedra de Ginecología de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Córdoba.

“También existe un tratamiento no quirúrgico para tratar la miomas que permite conservar el útero: la embolización arterial uterina, pero tienen indicación de este procedimiento aquellos miomas que midan menos de 10 cm y estén bien vascularizados”, completó.

“En aquellas mujeres asintomáticas o que ya no desean buscar la maternidad, el mioma uterino generalmente no requiere tratamiento y a partir de la llegada de la menopausia suelen reducir su tamaño, ya que son tumores dependientes de hormonas ligadas al ciclo menstrual”, subrayó la Dra. Alejandra Belardo, Jefa de Sección de Endocrinología y Ginecológica del Servicio de Ginecología del Hospital Italiano de Buenos Aires.

Para el tratamiento de los miomas uterinos, recientemente la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) aprobó el acetato de ulipristal, un medicamento que logra aminorar considerablemente los síntomas en muy pocos días y reducir el tamaño de los miomas hasta en un 80 por ciento.

“El ulipristal representa un avance muy importante con respecto a las terapias disponibles, ya que demostró atenuar notablemente los síntomas y reducir el mioma a dimensiones que nos permiten retrasar la cirugía o que esta sea mucho más sencilla, y en un porcentaje de casos directamente evitarla”, sostuvo el Dr. Tatti, que además es Jefe del Servicio de Ginecología del Hospital de Clínicas ‘José de San Martín’.

La aprobación del acetato de ulipristal se basó en diversos estudios clínicos, denominados PEARL I, II, III y IV, que comprobaron su seguridad y eficacia, demostrando que el 73,5% de las pacientes dejó de sangrar y experimentó una reducción del mioma tras cuatro ciclos repetidos. A su vez, 9 de cada 10 (93%) lograron controlar el sangrado al final de cada ciclo de tratamiento3. Previo a comenzar la terapia, las mujeres registraban un porcentaje de calidad de vida cercano al 55%. Luego de su finalización, este era entre 80 y 85%. Por otra parte, el dolor inicial expresado fue del 50% y, luego del tratamiento, pasó a ser solo de entre 5 y 6%.

“El gran beneficio del ulipristal es que disminuye el volumen de sangrado muy rápidamente, en tan solo 7 días, y en paralelo logra reducir sustancialmente el tamaño del mioma, lo que nos permite recuperar el cuadro de anemia de la paciente y luego operar, sin urgencia, con una cirugía mucho más leve”, agregó la Dra. Ñañez.

“Como principal efecto adverso, 1 de cada 10 pacientes (11%) manifestó cefaleas, y en menor medida sensaciones de vértigo y dolor. Sin embargo, no hay reportados en la literatura médica efectos adversos que requieran internación ni la suspensión del tratamiento”, concluyó la Dra. Belardo, quien también es Profesora Adjunta de Ginecología del Instituto Universitario del Hospital Italiano de Buenos Aires.