Un referente mundial en el campo de la biología del desarrollo, Claudio Stern, director del Centro de Medicina Regenerativa y Células Madre del University College en Londres, nació en Montevideo pero junto a su familia se radicó en el exterior hace cuatro décadas. En una entrevista exclusiva con la Agencia CyTA, reconstruye los avatares de su carrera, identifica condiciones y falencias de los científicos de la región, y defiende la importancia de la ciencia básica.

¿Por qué abandonó Uruguay? 

En 1972, la situación política en Uruguay estaba muy inestable y no se podía ser neutral. En ese entonces, había empezado a cursar Medicina y varias materias de la licenciatura en Ciencias Biológicas. Y como la mayoría de los estudiantes, yo no estaba por el lado del gobierno, que se estaba volviendo cada vez más represivo. Mis padres tampoco estaban contentos con la situación. Eso llevó a la decisión de ir a estudiar en el extranjero. Unos pocos meses después de mi partida para Europa, empezó la dictadura, que iba a durar 13 años.

¿Cuál fue su recorrido posterior?

Elegí estudiar en la Universidad de Sussex, una universidad joven con una dinámica bastante revolucionario, sin saber suficiente de ella. Resultó ser un excelente golpe de suerte: era una caldera de actividad intelectual, especialmente en biología del desarrollo, evolución, genética y biología molecular, que entonces era una disciplina emergente. Allí hice una licenciatura en Ciencias Biológicas y un doctorado en Biología del Desarrollo, y luego seguí un período post-doctoral de seis años con la profesora Ruth Bellairs, una pionera en el estudio de la embriología del pollo, en el University College de Londres (UCL).

¿Cuál era el contexto político en Inglaterra?

Esos años eran difíciles. Como respuesta a una profunda crisis económica y al descontento general, el gobierno de Margaret Thatcher adoptó una política de austeridad extrema que incluyó la casi exterminación de la ciencia académica. Había muy pocos puestos disponibles y escasos recursos para la investigación. Conseguí un cargo docente en Cambridge: enseñaba Anatomía Humana, pero tenía además un cuartito en el cual podía hacer experimentos. Junto a un joven colega, Roger Keynes, logramos realizar muchos trabajos interesantes sobre la segmentación del sistema nervioso. Al cabo de un año de trabajo durísimo, gané un concurso para un puesto académico (“lecturer”, algo así como profesor adjunto) en el Departamento de Anatomía en Oxford. Allí pasé nueve años y de a poco establecí un grupo de investigación productivo.

¿Cómo fue que volvió a cruzar el Atlántico… en uno y otro sentido?

Un día, en un congreso, se me acercó un conocido profesor de genética molecular de la Universidad de Columbia en Nueva York, Argiris Efstratiadis, y me preguntó si me interesaba ir como jefe del Departamento de Genética y Desarrollo de esa institución. Al principio me pareció que me había confundido con otra persona. Pero acepté el desafío y me fui en 1994 con todo mi grupo de diez estudiantes doctorales y posdoctorales. Pasamos siete años excelentes allí. Hasta que en el 2000 me ofrecieron la jefatura del departamento en Londres, en el mismo University College donde había hecho mi formación posdoctoral. Era un lugar excelente y una buena oportunidad para volver a Europa, así que en 2001 me mudé otra vez con todo mi grupo.

¿Cuáles son las preguntas que intenta responder con su investigación?

Me interesa sobre todo entender cómo se genera la complejidad en biología, tanto durante el desarrollo como en la evolución. ¿Cuáles son los mecanismos por los cuales una célula fija su destino, con respecto al tipo de tejido al que dará lugar? ¿Cómo se integra la información de cada célula con sus vecinas, para producir un patrón coherente, y generar órganos funcionales? ¿Cómo es que la evolución ha podido generar tantas formas especializadas de distintos organismos, usando en esencia los mismos mecanismos? El organismo modelo que más utilizamos es el embrión de pollo, por varias razones: es plano, tiene gran tamaño en etapas tempranas de su desarrollo, resulta relativamente económico para obtener y es muy fácil de manipular. Pero también hacemos experimentos con anfibios (la rana Xenopus laevis), ratones y hasta levaduras, a las que a veces complementamos con modelos computacionales.

¿Cómo ve la ciencia latinoamericana?

Siempre me impresionó el material humano en la región. Quizás en parte por la existencia de muchas barreras y dificultades, los que elijen una carrera en ciencia en América Latina tienden a tener una verdadera vocación y se dedican a ella con un alto nivel de energía. Pero estas cualidades a veces vienen acompañadas de un bajo nivel de confianza en sí mismos, incluso algo parecido a vergüenza. Los científicos tienen miedo de formular preguntas “grandes” y de interés general, que, en muchos casos, podrían abordarse  sólo con un poco de imaginación y buenos diseños experimentales.

¿Percibe que hay cierta tendencia de los gobiernos a apoyar proyectos de ciencias aplicada en desmedro de la ciencia básica?

Sí, hay una especie de “obsesión” de algunas agencias oficiales por apoyar exclusivamente la ciencia aplicada, las que resultarían relevantes para la economía local. Es algo que también ocurre en Europa, aunque aquí se da manera más marcada. Pero deberían comprender que sin inversión en ciencia básica no habrá nada que traducir ni nadie que tenga suficiente preparación para reconocer oportunidades y hacer la transición.

FUENTE: Agencia CyTA

Silvina Iturralde

Licenciada en comunicación social, especialista en asuntos corporativos y periodista con amplia trayectoria en medios nacionales.