A menudo se escuchan comentarios o se leen notas que argumentan que la ideología, la criminalidad o la orientación sexual –entre otros rasgos– dependen de manera decisiva de los genes, excluyendo de este modo las causas históricas y los procesos sociales, culturales y económicos, entre otros, que dan lugar a esas características. “Se ha sacralizado al ADN como una molécula mágica, todopoderosa”, enfatizó en entrevista con la Agencia CyTA el destacado genetista Víctor Penchaszadeh, ex profesor de la Universidad de Columbia (Nueva York) y actual profesor en el Departamento de Ciencias de la Salud de la Universidad Nacional de La Matanza. Penchaszadeh también ha colaborado con las Abuelas de Plaza de Mayo en la identificación de niños sustraídos durante la dictadura cívico-militar (desarrolló, junto a otros científicos, un eficaz “índice de abuelidad”) y es miembro del Panel de Expertos en Genética Humana de la Organización Mundial de la Salud.

¿Por qué aparecen tantas notas en los medios sobre características comportamentales y sociales como producto de los genes? 

Actualmente existe una tendencia a “explicar” la diversidad humana como producto de los genes. Esto incluye los procesos de salud-enfermedad (por ejemplo, susceptibilidad a enfermedades tales como cáncer, arteriosclerosis coronaria, diabetes, obesidad y afecciones mentales) y características de la conducta (agresividad, timidez, “tendencia a correr riesgos”, orientación sexual, entre otras). Estas explicaciones reduccionistas ocurren en terreno abonado por la “sacralización” del ADN como molécula mágica todopoderosa, cosa que se ha asentado en el imaginario social. Esta asociación es una verdad a medias, lo que indica que es una falacia, y las razones de su popularidad son muy complejas: tienen que ver principalmente con el desconocimiento de estas cuestiones por parte de la población, y también con los factores económicos que se benefician con estas pseudo-explicaciones.

¿A qué tipo de factores económicos se refiere?

Por un lado, la industria farmacéutica, que piensa que por la vía de la genómica podrá producir y poner en el mercado nuevos fármacos para “controlar” esas enfermedades y “conductas anómalas”. Otra es la industria de las pruebas genéticas “predictivas”, que busca convertir a la población sana en “enfermos que todavía no saben que están (o estarán) enfermos”, y convertirlos en consumidores de estilos de vida y fármacos que supuestamente  reducirán su riesgo de enfermarse, sin base científica alguna. En tercer lugar, la industria de los seguros médicos, que imagina encontrar en las pruebas genéticas maneras de “probar” que las enfermedades de sus asegurados (y que no quieren cubrir) son “preexistentes” por su condición genética. También juegan los factores de poder político-económico, para quienes resulta más atractivo atribuir problemas sociales como los de la salud mental o la criminalidad a factores biológicos “genéticos”, a pesar que está absolutamente comprobado que están causados por determinantes sociales. Y por último, los grandes medios de comunicación que son funcionales a las estructuras de poder político y económico. Todos estos factores confluyen en responsabilizar a los individuos por su salud o sus “desviaciones” de conducta, y  no a los modos disfuncionales de organización social y económica.

¿Quiénes se perjudican con el determinismo genético?

Toda la población, que está siendo engañada en cuanto a las causas de sus males, ya sean cáncer, obesidad, demencia o problemas de conducta. Se le hace creer que su salud y enfermedad son producto de su biología individual y no de un sistema social y económico injusto y enfermante. Se le niega o se le aumenta las primas de seguros médicos por enfermedades “preexistentes”. Se la transforma en consumidora de tecnologías de dudosa o ninguna validez, eficacia y seguridad para “controlar” o “prevenir” males potenciales que pueden no ocurrirles nunca. Estos enfoques reduccionistas, además, contribuyen a acrecentar la brecha de desigualdad e inequidad al aumentar los costos de la atención médica y al promover usos fútiles de la misma.

¿Por qué en muchos textos se dice que el ADN da órdenes o instrucciones? 

Esto es parte de las metáforas que suelen acompañar al discurso científico en todas las disciplinas. Quizá la “madre” de las metáforas, sobre la cual se asienta toda la doctrina de la ciencia moderna, sea “el mundo como máquina” introducida por Descartes, y que tantos sesgos ha causado a nuestro conocimiento de la naturaleza. Si bien no es fácil prescindir de las metáforas en el discurso y la práctica científica, el problema ocurre cuando se confunde la metáfora con el fenómeno real de interés.  La metáfora del ADN como una molécula que da “órdenes” o “instrucciones” a células y organismos perdura a pesar de que explica poco de la realidad, dado que es funcional a una concepción mecanicista de la vida centrada en la biología individual (mal entendida, por cierto). Esa perspectiva soslaya la inclusión de factores medioambientales y sociales, que si bien son mucho más poderosos en su influencia sobre la salud y el bienestar de las personas, no son populares entre científicos, políticos y empresarios, pues exigen cuestionar el orden social y económico imperante y hacer algo para cambiarlo.

¿Qué promesas del Proyecto Genoma Humano (PGH) se han cumplido y cuáles no?

El objetivo del PGH fue secuenciar la totalidad del genoma del ser humano, y eso se cumplió en su casi totalidad. Las “promesas” fueron parte de las campañas de relaciones públicas destinadas a convencer a los políticos y economistas de los países industrializados para que financiaran el proyecto (centenares de millones de dólares). Entre esas promesas, se dijo, sin evidencias que lo sustentaran, que el conocimiento del genoma era fundamental para prevenir y curar enfermedades. Y que esas curas estaban a la vuelta de la esquina. La realidad es que a casi 10 años de finalizado el PGH, la salud de la gente no ha cambiado mucho con respecto a la situación previa.

¿La situación puede cambiar en el futuro?

La investigación genómica recién comienza y es imposible hacer predicciones con respecto a su efecto potencial sobre la salud y el bienestar de las personas. Lo que no cabe duda es que, a menos que se tomen en cuenta seriamente los determinantes sociales y ambientales de salud-enfermedad, las próximas generaciones no serán mucho más saludables que la actual.

Por Bruno Geller

FUENTE:Agencia CyTA – Instituto Leloir

Silvina Iturralde

Licenciada en comunicación social, especialista en asuntos corporativos y periodista con amplia trayectoria en medios nacionales.